Igual a un añoso anuncio. "La Bodega del Pala ha iniciado como es tradicional su temporada de expendio de la exquisita chicha de San Nicolás. Desde ya agradece a sus amables favorecedores".
Este acontecimiento del Chillán no oficial (underground para los siúticos) atrae desde hace mas de 35 años a los finos degustadores de los sabrosos zumos que don Valdemar Palavecino cultivó artilogísticamente durante su esforzada vida, para ofrecernoslos -como lo hace hoy su hijo Romulo-, a los fieles clientes, que han convertido la acogedora bodega de Santa Elvira, barrio al que le ha dado tanta fama como el Canal de la Luz, La Cruz de Rifo o el barrio de las lavanderas.
La Bodega del Pala engalana la folclorisima geografía gustativa de las "picadas de chillán", un producto de exportación cultural de nuestra más rancia tradición. Por algo ha sido escenario de lanzamientos de libros como "Me Persige Chillán" (Ahumada, Guzmán, Hernández y Reyes Coca) editado por La Discusión, ante la interrogativa mirada y arriscada nariz de los que no conocen estos rincones pueblerinos que el genial Jorge Luis Borges describía como de "calles desganadas de barrio casi invisibles de penumbras".
Ricardo Contreras Mella le ha eternizado en su "Oda a la Chicha del Pala" demostrando como funciona esta real democracia gustativa y degustativa chillaneja, que se inicia con la Cruz de Mayo y cesa con las Fiestas Patrias, cruel anuncio de que las pipas han quedado vacias ante la sedienta voracidad de la feligresía.
El ex Alcalde Aldo Bernucci es el más entusiasta promotor de esta tradición de una ciudad que se nos va y que nos preciamos de ser, entre la tradición y el modernismo. Bodegas como las del Pala, de "Torito", "El Dientes de Lata", "El Padre Valentín", "El Cabezón", "El Pata", "El Siete Potos", o el "Tres mas Dos", por nombrar solo algunas, conforman hitos de una historia cotidiana que, como infinitesimales filamentos, van tejiendo la historia del hombre común, actor y protagonista de nuestra historia urbana.
Don Valdemar, encajado en su manta castellana, junto a sus perdigueros al lado del cálido brasero, fuen encendiendo un verdadero Sanedrín chillanense, donde ilustres vecinos como Manolo Daziano o el tío Mario Ortega, han sido espejo para los tantos de cómo se vive la vida haciendo del compartir una religión. Son baluarte de una estirpe inolvidable para la historia cotidiana de Chillán
¡Ojalá permanezca siempre con nosotros!. Otros están ausentes: Avelino Fernández, Juan Jamett Daza, Justo Orrego, Jorge Amigo y otros inolvidables. Seguramente estarán junto a don Valdemar, allá en el cielo, esperando que San Pedro los deje siquiera asomarse por las "rajaduras de las tablas, para ver la luz" (como estaría cantando el "viejo" Jamett) alzando sus copas de "chicha con aritmética y naranja para hacer la mañana" como era su rito en La Bodega del Pala.
Don Valdemar Palavecino junto a sus padres.
Pronto más informacion.
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